Pop,Six,
Squish,Uh-uh,
Cicero,Lipschitz
Pop, Six,
Squish,Uh-uh,
Cicero,Lipschitz
Pop,Six,
Squish,Uh-uh,
Cicero,Lipschitz
Sonaba mientras se desnudaba en el salón, estaba el sólo, su ama estaba terminando de preparar el castigo. El tango era atronador, inquietante, no hacía más que aúmentar la sensación de caída al vacio y el nerviosismo del sumiso.
A la orden de su ama se encaminó a la cocina, disponiendose a cuatro patas exponiendo su culo, preparado previamente con un enema; ella introdujo hielo embadurnado en aceite para facilitar su entrada, a través de un bondage inmovilizó sus brazos contra su cuerpo. El hielo hacía su efecto en el ano del sumiso. Imaginen si ya nos es molesto un frio vaso en la mano durante un rato, la tortura que puede suponer el hielo en el ano, hielo que estaría ahí hasta que se deshiciera. Para hacer más amena la espera encerró al sumiso en un armario de la galeria. El espacio era mínimo, un zulo en el que a duras penas podía acomomdarse. Todo estaba oscuro. Seguía sonando:
Sonaba mientras se desnudaba en el salón, estaba el sólo, su ama estaba terminando de preparar el castigo. El tango era atronador, inquietante, no hacía más que aúmentar la sensación de caída al vacio y el nerviosismo del sumiso.
A la orden de su ama se encaminó a la cocina, disponiendose a cuatro patas exponiendo su culo, preparado previamente con un enema; ella introdujo hielo embadurnado en aceite para facilitar su entrada, a través de un bondage inmovilizó sus brazos contra su cuerpo. El hielo hacía su efecto en el ano del sumiso. Imaginen si ya nos es molesto un frio vaso en la mano durante un rato, la tortura que puede suponer el hielo en el ano, hielo que estaría ahí hasta que se deshiciera. Para hacer más amena la espera encerró al sumiso en un armario de la galeria. El espacio era mínimo, un zulo en el que a duras penas podía acomomdarse. Todo estaba oscuro. Seguía sonando:
Pop,Six,
Squish,Uh-uh,
Cicero,Lipschitz
Pop, Six,
Squish,Uh-uh,
Cicero,Lipschitz
Pop,Six,
Squish,Uh-uh,
Cicero,Lipschitz
La repetitiva y violenta melodía hacía mella en su percepción del tiempo, sonaba una y otra vez, mientras el hielo se deshacia en su ano y sus rodillas comenzaban a entumecerse. Él había decidido colocarse de rodillas, bonita posición pero no la más comoda para la ocasión. Su ama le hubiera permitido sentarse, pero él fue quien así se colocó y su ama no le iba a negar el placer de recibir el castigo de rodillas.
Transcurrida media hora, se hizo el silencio. Lo que para el mundo habían sido treinta minutos, para él había sido una eternidad. En ese tiempo su ama se había arreglado, habia cambiado su vestido camisero azul marino, por una entallada falda negra con una gran apertura delantera, un corset del mismo color, sus pies descalzos ahora calzaban unos altos tacones de negro charol y sus piernas recorridas por unas medias de rejilla. Con ayuda de su ama salió del armario, le dolían las rodillas, pero el placer de encontrarse entre los brazos de su dueña mientras lo desataba compensaba esa desagradable sensación.
La siguió a lo largo del pasillo, entró tras ella en el baño. A la orden se tumbó boca arriba en la bañera. Observó como su ama se descalzaba y quitaba las medias. Deseoso miraba sus pies, quería lamerlos. Su ama se situo encima de él, quedando entre sus piernas. Recorrió el cuerpo del sumiso con sus pies. Ligeramente se inclinó comenzando una lluvia dorada que caía sobre su torso, aliviando el frío que había sentido en el armario. Volvió a recorrer el cuerpo del sumiso con sus pies, pero esta vez para esparcir la lluvia dorada. Se sentó en el borde de la bañera separando sus piernas, agarró al sumiso por el pelo de forma violenta, empotrando la boca entre sus piernas. El sumiso com1enzó a lamer y limpiar los restos del coño de su ama, esta no tardo mucho en llegar al orgasmo puesto que la excitación era palpable. Ducho al sumiso y le dió agua para beber, el pobre tenía sed después del encierro.
Dejo reposar al sumiso, no hay que abusar del débil… Durante el descanso pudo gozar de los zapatos y pies de su ama, recorriéndolos con su lengua, besándolos… Fue subiendo entre las piernas de su ama, llegó a su sexo. Ahí se detuvo, lo saboreó y lo preparó para la penetración. Esta fue lenta y profunda, como la gusta a su ama. Cuando esta se hubo corrido, él salió, su verga no podía disfrutar dentro de su ama, sólo era valida para proporcionarla placer. Se masturbó hasta el orgasmo y se corrió en un vaso, de ahí lo bebió. Sabe que si se corre le toca beberlo o lamerlo, es el castigo ante haberse corrido.
Al entrar en la habitación había visto una fusta flexible, larga y roja. Pensaba ya se había librado de estrenarla, pero no fue el caso. Tuvo que disponerse a cuatro patas sobre la cama, aquello no había hecho más que empezar. Su ama le había azotado en otras ocasiones, pero nunca con tanta contundencia, nunca tan seguido, nunca sin piedad ante sus gritos… Primero fue la fusta flexible, azoto su trasero, sus muslos y su espada con ella. Había momentos que el dolor era inaguantable, la fusta zurcía sin piedad su piel. El castigo cesó por un momento, le dio a elegir: ¿Sigo con la fusta o cambio de instrumento? El sumiso escogió el cambio. Desenvolvió el gato y comenzó a azotar las mismas zonas con él. La piel ya estaba sensibilizada, el mínimo roce era inaguantable. Las lagrimas comenzaron a brotar, nunca había llorado de dolor, pero para todo hay una primera vez y esa tarde fue la primera que lloro de dolor. Algo más de media hora pudo disfrutar su ama azotándolo, recreándose en sus lamentos. De repente se paró la música, durante los azotes nuevamente había sonado:
La repetitiva y violenta melodía hacía mella en su percepción del tiempo, sonaba una y otra vez, mientras el hielo se deshacia en su ano y sus rodillas comenzaban a entumecerse. Él había decidido colocarse de rodillas, bonita posición pero no la más comoda para la ocasión. Su ama le hubiera permitido sentarse, pero él fue quien así se colocó y su ama no le iba a negar el placer de recibir el castigo de rodillas.
Transcurrida media hora, se hizo el silencio. Lo que para el mundo habían sido treinta minutos, para él había sido una eternidad. En ese tiempo su ama se había arreglado, habia cambiado su vestido camisero azul marino, por una entallada falda negra con una gran apertura delantera, un corset del mismo color, sus pies descalzos ahora calzaban unos altos tacones de negro charol y sus piernas recorridas por unas medias de rejilla. Con ayuda de su ama salió del armario, le dolían las rodillas, pero el placer de encontrarse entre los brazos de su dueña mientras lo desataba compensaba esa desagradable sensación.
La siguió a lo largo del pasillo, entró tras ella en el baño. A la orden se tumbó boca arriba en la bañera. Observó como su ama se descalzaba y quitaba las medias. Deseoso miraba sus pies, quería lamerlos. Su ama se situo encima de él, quedando entre sus piernas. Recorrió el cuerpo del sumiso con sus pies. Ligeramente se inclinó comenzando una lluvia dorada que caía sobre su torso, aliviando el frío que había sentido en el armario. Volvió a recorrer el cuerpo del sumiso con sus pies, pero esta vez para esparcir la lluvia dorada. Se sentó en el borde de la bañera separando sus piernas, agarró al sumiso por el pelo de forma violenta, empotrando la boca entre sus piernas. El sumiso com1enzó a lamer y limpiar los restos del coño de su ama, esta no tardo mucho en llegar al orgasmo puesto que la excitación era palpable. Ducho al sumiso y le dió agua para beber, el pobre tenía sed después del encierro.
Dejo reposar al sumiso, no hay que abusar del débil… Durante el descanso pudo gozar de los zapatos y pies de su ama, recorriéndolos con su lengua, besándolos… Fue subiendo entre las piernas de su ama, llegó a su sexo. Ahí se detuvo, lo saboreó y lo preparó para la penetración. Esta fue lenta y profunda, como la gusta a su ama. Cuando esta se hubo corrido, él salió, su verga no podía disfrutar dentro de su ama, sólo era valida para proporcionarla placer. Se masturbó hasta el orgasmo y se corrió en un vaso, de ahí lo bebió. Sabe que si se corre le toca beberlo o lamerlo, es el castigo ante haberse corrido.
Al entrar en la habitación había visto una fusta flexible, larga y roja. Pensaba ya se había librado de estrenarla, pero no fue el caso. Tuvo que disponerse a cuatro patas sobre la cama, aquello no había hecho más que empezar. Su ama le había azotado en otras ocasiones, pero nunca con tanta contundencia, nunca tan seguido, nunca sin piedad ante sus gritos… Primero fue la fusta flexible, azoto su trasero, sus muslos y su espada con ella. Había momentos que el dolor era inaguantable, la fusta zurcía sin piedad su piel. El castigo cesó por un momento, le dio a elegir: ¿Sigo con la fusta o cambio de instrumento? El sumiso escogió el cambio. Desenvolvió el gato y comenzó a azotar las mismas zonas con él. La piel ya estaba sensibilizada, el mínimo roce era inaguantable. Las lagrimas comenzaron a brotar, nunca había llorado de dolor, pero para todo hay una primera vez y esa tarde fue la primera que lloro de dolor. Algo más de media hora pudo disfrutar su ama azotándolo, recreándose en sus lamentos. De repente se paró la música, durante los azotes nuevamente había sonado:
Pop,Six,
Squish,Uh-uh,
Cicero,Lipschitz
Pop, Six,
Squish,Uh-uh,
Cicero,Lipschitz
Pop,Six,
Squish,Uh-uh,
Cicero,Lipschitz
Al pararse la música, se paró el castigo. El sumiso temblaba, de dolor, de miedo, de excitación... Su ama le ordenó tumbarse boca abajo sobre la cama. Fue a por el hielo sobrante del primer castigo, y con ello y aceite alivió su espalda, muslos y trasero. El hielo calmaba la quemazón, las caricias de su ama sobre su espalda eran un regalo para él. Había merecido la pena el sufrimiento sólo porque su ama le brindara su piedad y mimos.
Una vez recuperado, sólo faltaba escribir en el desnudo torso del sumiso: “Propiedad de Dilda” Nunca el nombre de su ama le dolió tanto.




1 comentarios:
De verdad....cuanta perversión...
Dilda...un encanto....como le has hecho disfrutar. Jajajaja.
Espero que sigáis disfrutando así muchooo tiempo.
papillon{LR}
Publicar un comentario en la entrada